Alumbramiento de la nocturnidad

En la espesa noche los cuerpos visibles se balancean. Hace tiempo que están atrapados en una esfera que vaga suspendida entre la niebla. ¿Cómo llegaron allí? No lo sé. Yo vengo con los otros cuerpos: los invisibles. No tenemos memoria del origen de nuestra existencia. Vivimos en la tierra. Nos arrastramos contorneando nuestros cuerpos en el fango hasta que termina el ciclo y volvemos al vacío. Los visibles son diferentes a nosotros. Su condición de visibilidad les otorga otras características. Su habilidad para convertirse en dandis de la noche y enaltecer el espíritu con la sabiduría del exceso determina su camino. Recuerdo el momento de la abducción. Mi cuerpo estaba atrapado en el lodo, pero uno de mis ojos parpadeaba insensible al deterioro de la tierra húmeda raspando mi retina. El ojo actuaba con independencia, como si fuera una parte ajena de mi cuerpo, abriéndose y cerrándose lento una y otra vez como las alas de una mariposa cansada. Otros cuerpos invisibles estaban a mi lado, engullidos por el lodo. Todos nos movíamos torpemente intentando echar raíces para interrumpir el ciclo. Había un impulso nuevo, un pálpito. Nunca sabré si otros vieron lo que yo vi. Lo único que guardo es aquella imagen que se repite sin cesar en un espacio desconocido de mi cuerpo. Los visibles estaban embriagados. Podía ver sus rostros deformarse mientras sus cuerpos absorbían el líquido. Un objeto metálico y puntiagudo atravesaba sus venas. Las flores del mal se marchitaban como sexos aturdidos, inconexos. Una ráfaga de aire les enredaba los cabellos en una composición dramática y dolorosa. Al mismo tiempo el barro sobre nuestros cuerpos se secaba con largas caricias de viento agrietándose hasta romper la cáscara. Había una distancia considerable entre ellos y nosotros. Un camino de ideas y creencias falsas labradas por el dolor de la herencia. Un artefacto añejo del que debíamos desprendernos. Mi retina sangraba, pero el mecanismo visual ejecutaba su función con un parpadeo automático. La esfera volaba sobre nosotros creando un remolino de partículas luminosas. La imagen que recuerdo es una gran luz que lo inunda todo. Después de eso no existe nada. El balanceo comienza ahora y mi cuerpo se fragmenta. Puedo verme en partes: mis órganos proyectan el espectro de luz visible. Reconozco el color intenso del líquido que fluye a través de ellos. Me integro para desplazarme con autonomía. Estoy en lo que parece ser una nave. Habemos cientos de cuerpos aquí emitiendo luz para comunicarnos. En la pantalla principal se muestra una imagen del terreno sobre el que volamos. Aún se puede sentir el calor que ha dejado a su paso la gran estrella. El sensor de la pantalla detecta organismos invisibles bajo tierra. La vida comienza.

El lagarto negro

Lagarto comiendo hamaca
Francisco Toledo


Los lagartos nunca me habían atraído. Creo que en general el tema de los reptiles no resultaba interesante para mí. Durante mi niñez y juventud, me llamaban mucho más la atención los pájaros, las mariposas y las libélulas. Incluso en alguna etapa, ya siendo adulta, me sentí totalmente identificada con las lechuzas, por eso llevo una tatuada en mi brazo derecho. Sé que en mi cultura —la que considero no tener totalmente integrada, pues aunque soy mexicana no tengo ascendencia indígena y apenas he tenido relación con las comunidades cuyas cosmovisiones son más auténticas— hay una fuerte inclinación por creencias místicas, algo que comparto desde la ignorancia y que me fascina e intriga desde hace años. Lo primitivo aparece entonces como una constante. Un reflejo que mi manera de entender el mundo ha traducido como un llamado y que debe ser plasmado en la materia. Es ahora cuando me doy cuenta de esos mensajes, al parecer espontáneos, que se cruzan en mi camino para indicarme hacia dónde seguir. En mis sueños puedo ver al lagarto negro devorando mis miedos, como un tótem, ese personaje recurrente cuya simbología chamánica está asociada con un poder personal y espiritual. Creer en eso, aun siendo una ignorante en el tema, me ha ayudado a entender ese otro mundo que todos llevamos dentro y que pocos saben descifrar y practicar: el mundo de lo no visible, de la dualidad y la transformación de las energías vitales. En la cultura zapoteca, por ejemplo, esta dualidad es representada con la unión del barro negro y el blanco: lo femenino y lo masculino que se unen para crear. La transformación de la cerámica sucede entonces desde que está en crudo, que es cuando el agua le otorga su condición maleable y fértil, para enseguida pasar a la cocción, al calor que la endurece y la solidifica. El fuego como representación de la acción masculina. La unión de estas dualidades crean la vasija, el recipiente, la materia. Como la monumental escultura La lagartera de Francisco Toledo, quien a través de la transformación de la materia expresa el saber popular y todas aquellas historias que forman parte de nuestra mágica cultura. Francisco Toledo es el maestro, el que volvió para integrarse de nuevo a la comunidad que lo vio crecer, el que existe, existió y existirá como gente entre las nubes que no desaparece nunca del paisaje. De él, me atrajo especialmente su manera de transfigurar la realidad, de acercarse al umbral entre esa condición primitiva y espontánea, de implicarse a través de su arte con un compromiso social, con su comunidad, con sus orígenes como mexicano. La obra con la que lo descubrí fue Lagarto comiendo hamaca. Entre otros animales e insectos, el lagarto es un personaje recurrente en su obra. En la mitología azteca, el Cipactli era un enorme lagarto negro que vivía en el fondo del océano de cuya espalda se formaron las montañas, de cuya cola emergieron los nueve que están sobre nosotros y los nueve mundos de los muertos. Gracias a la obra de Francisco Toledo, me  encuentro nuevamente con mi cultura y me veo a mí misma dando pequeños pasitos para integrarla. Las emociones que me transmiten sus grabados, sus pinturas, sus piezas cerámicas y sus palabras me transportan al origen, ese lugar propio y ajeno al siempre se vuelve.

Lo que me pasa con Marie

Lo que me pasa con Marie Curie es que la descubrí muy tarde. De hecho, hace apenas algunas semanas. Antes de eso, sabía que había sido una científica que había ganado algún Nobel y poco más. No sabía que no solo había ganado un Premio Nobel, sino dos, y que además fue la primera mujer que enseñó en la Universidad de La Sorbona de París. También recuerdo el matrimonio Curie, casi como un emblema científico, y que alguna vez le propuse a Cacho que nos disfrazáramos de los Curie. Cuando me acuerdo de eso, pienso en la gente que dice que sabe algo cuando realmente lo desconoce, pues yo me sentí así acerca mis conocimientos sobre Marie. Aunque me avergüence confesarlo, creo que en este caso la sinceridad resulta relevante. Conocí la historia de Marie a través de un libro de Rosa Montero: La ridícula idea de no volver a verte. Recuerdo que la sugerencia de escuchar este audiolibro ya me había aparecido varias veces y que lo había descartado porque el título me parecía bastante cursi. El prejuicio, ese indomable intruso que ciega a quien tiene por delante. Pensaba que se trataría de una historia de amor caramelosa y enrevesada. Para mi sorpresa, el libro sí hablaba del amor, pero de una manera muy diferente a la que yo me había imaginado. El caso es que un día caí por casualidad en una transmisión en vivo de la escuela Cursiva en la que Rosa Montero hablaba de su experiencia como escritora. A partir de ese encuentro virtual, se me metió la espinita de leer algo suyo. Unos días después, recordé el audiolibro y me puse a escucharlo. Rosa relata la vida de Marie, pero el recurso biográfico, aunque me pareció brillante, es tan solo un pretexto para reflexionar sobre la vida, la mujer y la muerte. Sobre todo, la muerte. Me sentí bastante identificada con Marie porque en ella me vi a mí y a muchas mujeres que amo. A mi abuela y su relación con la muerte: ella también se quedó viuda y además perdió a su primer hijo en un accidente cuando el niño tenía apenas dos años. A mi madre, quien creció en un ambiente ultra patriarcal siendo la única mujer de cinco hermanos que controlaban quién debía o no acercarse a ella; a su sacrificio abnegado al dejar de estudiar Diseño de Interiores porque cuando se casaron, mi padre le prohibió seguir estudiando para que se dedicara al hogar “como era debido”; a su devoción casi irracional por el trabajo, en el que volcó toda su energía cuando mi padre la abandonó con dos hijos, lo que le ha costado un desgaste físico cuyo monto ha sido de dos cirugías de columna. A mí y a mi actitud de complacer a los demás antes que a mí, de sacrificar mis más profundas motivaciones por el hecho de hacer “lo correcto”. Por eso no estudié Letras, porque hubo una voz en mi familia que no dejó de repetirme: “Si estudias eso, te vas a morir de hambre”. Así que me fui por Mercadotecnia, carrera que obviamente no terminé y que abandoné al terminar el primer semestre. Al final estudié Comunicación, que tampoco es que me fuera a hacer millonaria, pero al menos, al ser una carrera nueva, prometía. Una carrera ambigua que en la actualidad resulta casi obsoleta. En mi generación, casi todos éramos comunicólogos. Pero esa es harina de otro costal. Lo que realmente me pasa con Marie es que me ha inspirado y me ha recordado que la vocación vence cualquier obstáculo. Así pues, aquí estoy escribiendo con el cansancio de la media noche a cuestas, retomando, a mis cuarenta, el espacio en el que me he refugiado desde que era una adolescente y que considero mi hogar: la escritura. Qué más da si me muero de hambre, a estas alturas creo que me he convertido en una superviviente, y sé que de alguna manera me las ingeniaré para seguir adelante como algún día también lo hizo Marie ante todos aquellos obstáculos que se presentaron en su camino.

¿Qué es un guante?

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Desde que recuerdo, mi madre solía usar guantes para lavar los platos y hacer otras tareas de limpieza. Yo empecé a familiarizarme con eso de lavar platos como a los diez años, cuando mis padres se divorciaron y mi madre tuvo que trabajar para mantenernos a mi hermano y a mí. De manera abrupta empecé a transformarme en un pequeño adulto. A esa edad, los guantes me quedaban grandes y sentía que perdía el control sobre los objetos. La sensibilidad de mis manos se veía limitada; los platos se me escurrían entre los dedos. Además era una niña, ¿qué coño podía interesarme mantener unas manos suaves y bellas, si mis manos todavía jugaban con objetos a los que poco les incumbía la apariencia terrosa de unos dedos que les brindaban libertad y movimiento? En esa etapa de mi vida lo de los guantes no era lo mío. Sin embargo, ahora que se supone que debo ser una adulta se han convertido en un objeto imprescindible. Sobre todo, en medio de esta situación que nos obliga a lavarnos las manos una y otra vez, y en la que reconozco más que nunca su importancia. Y no me refiero a esos guantes hiperfinos que me proporcionan cada vez que voy al supermercado, o a los guantes desechables de látex cuyo interior impregna mis dedos de un perfume sintético que me persigue todo el día después de quitármelos, sino a unos guantes en condiciones, que aguanten varios usos, y con los que mantener mis manos sanas. Esas fundas táctiles a través de las cuales reinterpreto las texturas de las cosas; membranas sintéticas en las que puedo resguardar mi piel después de un excesivo ritual de contacto con el agua. Todo esto viene a cuento, porque hace días uno de mis guantes se rompió sin darme cuenta. Parece que rocé las aspas de la licuadora al lavarla. Recuerdo que de repente sentí un frío incómodo en la mano izquierda, pero no atiné que era el agua que se había colado en el interior del guante. Eso lo supe cuando me los quité. Hace una semana y media de eso. Desde entonces, he ido cuatro veces a dos supermercados para comprar otro par, pero no he tenido suerte. Están agotados. Hace unos días noté una mancha en mi muñeca izquierda, justo donde suelo tallar con rigor cuando termino de lavarme las manos. Ayer otra mancha igual invadía mi muñeca derecha. Entendí que no era una irritación esporádica y que una dermatitis por contacto comenzaba a manifestarse. Los guantes se han convertido en mis protectores, un pequeño tesoro con el que jamás creí encontrar una conexión tan vital.

Proyecto #estoeraunestadodefacebook

Reinterpretación poética del lenguaje a partir del estado de un usuario anónimo de Facebook. Este proyecto plantea la resignificación semántica y fonética de la voz virtual. Una provocación a la reflexión del instante en el que descargamos nuestras opiniones para construir un yo virtual que aflora de la primitiva necesidad de expresarnos.

todos han estado en París
del gay ches gays
foto en París
banderita
como cuando ponen su ahora
mmmmmmmm mexicanos
hueva, cae la hueva
resulta menos lo q pasa aquí,
mmmmmmmm mexicanos
cagan todos y somos
pedo pero para
q no q no
me q me
es q con no
pa peor, ahora
lo todo, el día
hacemos mmmmmmmm

Estado original:

“Ahora resulta q todos han estado en París no mmmmmmmm q hueva ches mexicanos pa todo hacemos pedo pero menos para lo q pasa aquí, no mmmmm y lo peor es q ponen su foto en paris con la banderita no mmmmmmmm como cuando el día del gay ahora todos somos gays q hueva me cae me cagan” Usuario: Anónimo